Las graves consecuencias de un infiabilidad del 0,1 %
La respuesta que viene a la cabeza: “el error es del 0,1%”. Pero no
es así. Observémoslo más de cerca.
Se afirma oficialmente que los tests del SIDA tienen una fiabilidad
del 99,9 %, y con esto tanto el sistema sanitario como la opinión
pública creen que son enormemente seguros, casi-casi-casi del 100
%. Así, cuando alguien recibe el diagnóstico de “seropositivo
al VIH”, tanto la propia persona afectada como todo su entorno dan por
totalmente cierto lo que los propios médicos y técnicos también
creen: dar positivo a los “tests del SIDA” significa, de manera incuestionable,
que “se está infectado por el VIH”.
Pero la verdad es muy distinta. En realidad, la reconocida falta-de-fiabilidad
(o infiabilidad) del 0,1 % significa que el margen de error que existe
al hacer un diagnóstico positivo para la gran mayoría de
la población (es decir, para quienes no forman parte de los
grupos de riesgo) es, como mínimo, del 50 %. Veámoslo.
Dando por cierta la versión oficial según la cual:
a) “el VIH existe”; b) “el VIH es la causa del SIDA”;
y c) “los tests del SIDA son fiables al 99,9 % e indican infección
por VIH”, el razonamiento siguiente demuestra que más de la mitad
de los positivos diagnosticados entre la gran mayoría de la población
(es decir, heterosexuales no-drogadictos y no-hemofílicos) en realidad
son falso-positivos.
La clave para entender esta aparente contradicción radica en
lo que se llama prevalencia: la frecuencia con que en la población
se encuentra la enfermedad que se considera que detecta el test utilizado.
Si la prevalencia es alta, la diferencia entre la fiabilidad afirmada del
test del 99,9% y el cien por cien de acierto causará poco error.
Pero cuanto menor sea la prevalencia, mayor será el error generado
por la infiabilidad del 0,1 %.
Estudiémoslo en el caso del SIDA. Se dice oficialmente que la
prevalencia del VIH en la población heterosexual sin otro riesgo
es del 4 por diez mil en los EE.UU. y un poco mayor en España, aproximadamente
del 5 por 10.000 personas. Claro está, la prevalencia en los grupos
de riesgo es mayor.
Entonces, ¿qué ocurre con los resultados positivos de
estos tests presentados como casi-casi-casi infalibles?
Supongamos que se aplican estos tests fiables al 99,9% (o, lo que es
lo mismo, infiables al 0,1 %) a una población de 100.000 heterosexuales
no hemofílicos que no consumen drogas intravenosas.
Por un lado, puesto que se estima que en España la prevalencia
del VIH entre estos heterosexuales es del orden del 5 por 10.000, se supone
que en este grupo de 100.000 personas hay 50 positivos verdaderos.
Pero por el otro lado, al aplicarse unos tests que son fiables en un
99,9 %, habrá un 0,1 % de diagnósticos erróneos. Luego
en esta población de 100.000 personas los tests indicarán
100 seropositivos que en realidad darían negativo si los tests fuesen
fiables al cien por cien.
Ahora pueden darse todo tipo de posibilidades dentro de las dos posiciones
extremas siguientes:
1.- que los 100 que han dado positivo incorrecto incluyan a todos los
50 seropositivos verdaderos, con lo cual “sólo” habrá 100
personas diagnosticadas positivas (50 correctamente y 50 incorrectamente),
y
2.- que ninguno de los 50 seropositivos verdaderos estén contenidos
entre los 100 que efectivamente dan positivo en los tests, con lo cual
150 personas resultarán consideradas seropositivas (50 correctamente
y 100 incorrectamente).
En el caso primero, de 100 diagnósticos positivos, 50 son falso-positivos;
luego el error es del 50 %. En el segundo, de 150 diagnósticos positivos,
100 son falso-positivos; luego el error es del 67 %.
En consecuencia, la probabilidad de error de aplicar unos “tests del
SIDA fiables al 99,9 %” a la población general oscila entre el 50
y el 67 por ciento.
El calvario del SIDA empieza cuando la persona da positivo a unos tests
que, por la forma como son interpretados por la versión oficial
dominante, implican ser diagnosticado “infectado por el VIH”.
Ahora bien, acabamos de deducir que, en la población general,
más de la mitad de los positivos son falsos.
Al margen de otras importantes razones que aquí no abordo, ésta,
basada en las propia versión oficial, es suficiente para solicitar
que se prohiba inmediatamente la aplicación de “los tests del SIDA”.
Barcelona, 17-3-2005
Lluís Botinas
Coordinador de PLURAL-21