El SIDA en África: En busca de la verdad
Por Rian Malan
Rolling Stone, 22 de noviembre de 2001
Querido Jann,
Te entristecerá saber que Adelaide Ntsele ha muerto. Quizás
la recuerdes: apareció brevemente hace alrededor de un año
en aquel artículo que escribí sobre la larga y enredada historia
de la canción “The Lion Sleeps Tonight”, basada en una melodía
compuesta por su padre, Salomon Linda. Mientras yo entrevistaba a sus hermanas
acerca de la vida de su padre, el gran cantante zulú, Adelaide luchaba
con la fiebre bajo sus sábanas húmedas. Sólo se levantó
de la cama para sacarse una foto; estaba tan débil que apenas podía
mantenerse en pie, pero quería aparecer en la revista.
Luego la llevé al hospital. Esperamos en la guardia un largo
rato. Su hermana Elizabeth estaba allí; es enfermera. Cuando observó
la historia clínica de Adelaide enmudeció. Más tarde
me dijo que había visto un símbolo que indicaba que el examen
de VIH de Adelaide había dado positivo. Además tenía
tuberculosis y un problema ginecológico que requería cirugía.
La operación ya había sido postergada varias veces. Para
Elizabeth, era como si los médicos hubieran pensado: “bueno, ésta
lo tiene, se va a morir de todas formas, dejemos que suceda”. Y así
fue.
Hace un año, la escena del funeral se hubiera escrito por sí
misma. Yo hubiera descrito al viejo pastor, las tristes canciones africanas,
los postes gigantes prendidos con fuego para el ritual de despedida. Hubiera
mencionado el hecho terrible de que no se hiciera ninguna referencia al
SIDA en los discursos de despedida, y hubiera comentado algo respecto de
la negación que aquello denotaba. Hubiera grabado las caras de los
presentes, tratando de ver quiénes, en la proporción de uno
cada cinco, tenían el virus que llevó a Adelaide a aquel
cajón. Y entonces, al final, me hubiera retirado con tristeza, lamentándome
por la existencia de una sociedad que permite que una mujer de treinta
y siete años muera porque, a diferencia de los blancos ricos, no
tiene los recursos para adquirir las drogas que necesita.
Sin embargo, pasé toda la ceremonia pensando en antígenos
virales, reacciones cruzadas, y otros misterios a los que los Sowetanos
llaman H.I Vilakazi, las tres letras del flagelo mortal. Entonces, a mitad
de camino, el pastor interrumpió mi pensamiento. ¿Querrán
los visitantes decir alguna palabra? Me levanté. Me ajusté
la corbata y me preparé para decir todo lo que pensaba; pero me
faltó coraje, y entonces sólo pronuncié un par de
frases hechas como: “Es lamentable que Adelaide se haya ido tan joven”,
“Soportó con gran dignidad terribles dolores”, “Siempre la recordaremos
como la vemos en aquella foto”, expresé mirando hacia el retrato
de una mujer con expresión melancólica, enormes y encantadores
ojos y pómulos atractivos, como los de Marlene Dietrich. Adelaide
quería ser modelo. Nunca lo logró. Les di mis condolencias
a los familiares y me senté nuevamente.
No era el discurso que Adelaide merecía, pero aquel no era el
momento ni el lugar indicado para un grito de furia y confusión.
Pero ahora que el velorio terminó, hay cosas que deben decirse.
Mi primer error
La era africana de la muerte comenzó a fines de 1983, cuando
el jefe de medicina de un hospital de la entonces Zaire envió un
comunicado a funcionarios de la salud norteamericanos informándoles
que una misteriosa enfermedad se había desencadenado entre sus pacientes.
Por entonces, Estados Unidos tenía su propia crisis en la salud.
Una gran cantidad de homosexuales aparecía con una enfermedad de
extraordinaria magnitud, algo nunca antes visto en occidente. Los científicos
la llamaban GRID para referirse a Gay Related Immune Deficiency (InmunoDeficiencia
Relacionada con la Homosexualidad). Los conservadores y los religiosos
la llamaban “la venganza de Dios hacia los herejes”. A los investigadores
norteamericanos les llamó la atención esta enfermedad que
se había observado en Africa entre heterosexuales. Entonces reunieron
y enviaron a investigar a un grupo con gran experiencia en enfermedades.
El 18 de octubre de 1983 llegaron al Hospital Mama Yemo de Kinshasa,
al mando del microbiólogo belga Peter Piot, quien había estado
ya en la institución años atrás, investigando la primera
aparición de la fiebre Ebola. Observó el cambio enseguida.
“En 1976, casi no había adultos jóvenes en las guardias ortopédicas”,
le comentó Piot al reportero. “De repente, vaya, entro y veo a todos
estos hombres y mujeres jóvenes agonizando, muriendo”. Los exámenes
confirmaron sus peores temores: la misteriosa enfermedad estaba en África,
y sus víctimas eran heterosexuales. Cuando los investigadores comenzaron
a buscar el nuevo virus de inmunodefieciencia humana, lo hallaron en todas
partes, en el 80% de las prostitutas de Nairobi, 32% de los camioneros
de Uganda, 45% de los niños en los hospitales de Rwanda. Lo que
es peor, parece que se estaba explayando muy rápidamente. Los Epidemiólogos
realizaron gráficos, cuadros comparativos y se sorprendieron con
horror. La curva de la epidemia terminaba en la estratosfera. Millones
morirían si no se hacía algo.
Estas profecías transformaron el destino del SIDA. En 1983, era
una enfermedad rara, relacionada con la homosexualidad y el consumo de
heroína de las clases bajas de occidente. Unos años después,
era una amenaza para la humanidad entera. “Nos encontramos indefensos frente
a la pandemia más letal que alguna vez haya existido”, dijo en 1986,
en una conferencia de prensa, el presidente de la Organización Mundial
de la Salud, Hafdan Mahler. Los gobiernos de occidente escucharon sus reclamos
de acción. Miles de millones se invirtieron en campañas de
educación y prevención. De acuerdo con el Washington Post,
los investigadores de SIDA, pobres antes, de repente tuvieron presupuestos
que escapaban a sus posibilidades de gasto. En África, aparecieron
muchas organizaciones no gubernamentales dedicadas al SIDA: 570 en Zimbabwe,
300 en Sudáfrica, 1300 en Uganda. Para el año 2000, los gastos
mundiales relacionados con la lucha contra el SIDA llegaron a muchos miles
de millones de dólares por año, y los activistas demandaban
muchos más, principalmente para luchar contra el Apocalipsis en
África, donde se decía que 22 millones estaban infectados
con el virus y 14 millones ya habían muerto de SIDA.
La época en la que yo entro en escena fue más o menos
Julio de 2000, tres meses después de que el presidente de Sudáfrica,
Thabo Mbeki, anunciara que intentaba reunir un panel de científicos
y profesores para volver a examinar la relación entre el virus de
inmunodeficiencia humana y el SIDA. Mbeki nunca dijo explícitamente
que el SIDA no existiera, pero sus actos lo dejaban implícito, y
lo que implicaba era difícil de entender. Se creía que Sudáfrica
tenía más infectados (4,2 millones) que cualquier otro país.
Uno de cada cinco adultos ya estaban infectados, y la proporción
crecía día a día. Mientras terminaba su discurso,
el descreimiento se transformaba en una sensación de que lo que
decía era estúpido.
“Ridículo”, dijo el Washington Post.
“Fuera de sus cabales”, dijo el Spectator.
“Un poco de mentalidad abierta está bien”, dijo el Newsdays,
“pero una persona puede tener la mente tan abierta que puede caérsele
el cerebro”.
Todos se rieron, y yo froté mis manos con satisfacción:
Sudáfrica estaba nuevamente en la tapa de todos los diarios del
mundo por primera vez desde la caída de la segregación racial;
la fortuna aguardaba al hombre de acción. Fui a ver a un amigo que
es epidemiólogo. Estaba tan furioso con lo que él llamaba
el “genocidio estúpido” de Mbeki, que dejó de trabajar y
se fue a su casa, donde lo encontré sumido en una depresión.
“Eh, olvidémoslo”, le dije, “hagamos un trato”. Y lo hicimos: él
hablaría y yo escribiría. Y juntos tendríamos la historia
interna del fiasco de Thabo Mbeki respecto del SIDA. Lo único que
faltaba era considerar la evidencia que había dejado perplejo a
nuestro líder.
De acuerdo con los periódicos, Mbeki había obtenido mucho
de lo que sabía a través de Internet. Entonces puse mi computadora
a trabajar a toda máquina y lo seguí al submundo virtual
de la herejía del SIDA, donde los científicos renegados continúan
manteniendo los sitios de la Red con la noción de que el SIDA es
una mentira, inventada por una alianza diabólica de empresas farmacéuticas
y de academias fascistas cuyo único interés es el de enriquecerse
a sí mismos. Visité varios de esos sitios y leí la
información; entonces pasé a otros sitios de universidades
y gobiernos, que ofrecían refutaciones. No puedo decir que haya
entendido todo, porque la ciencia es profunda y densa, pero he aquí
la idea.
Vean al SIDA desde el punto de vista africano. Imagínense en
una casilla de barro, o en una choza en los suburbios de alguna ciudad
que se expande. Hay desperdicios en las calles, moscas y mosquitos alrededor,
y el agua que toman probablemente está contaminada con materia fecal.
Ustedes y sus chicos están enfermos, desnutridos y amenazados por
enfermedades por las cuales no existe la posibilidad de recibir tratamiento
médico apropiado. Lo que es peor, estas enfermedades están
mutando, son cada vez más peligrosas y resistentes a los medicamentos.
Males menores, como la diarrea o la neumonía, apenas responden a
los antibióticos. La malaria se hizo resistente a la cloroquina,
que es a menudo el único tratamiento al que pueden acceder los africanos
pobres. Algunos brotes de tuberculosis, el otro gran flagelo de los africanos,
son casi incurables. Ahora, por encima de todo, está el SIDA.
De acuerdo con lo que se escucha en la radio, el SIDA es causado por
un pequeño virus que permanece dormido en la sangre por muchos años,
y emerge disfrazado: una enfermedad cuyos síntomas son otras enfermedades,
como la tuberculosis o la neumonía, trastornos estomacales o diarrea
con sangre en bebés. Estas enfermedades no son nuevas, por eso es
que los africanos son escépticos respecto del SIDA y sostienen que
AIDS son las siglas en inglés de “Idea Americana para Evitar el
Sexo”. Otros creen que no, que los científicos tienen razón,
que todos vamos a morir si no usamos preservativos. Pero los preservativos
cuestan dinero, y no tienen nada, así que suspiran y esperan que
pase lo mejor.
Entonces un día se resfrían y no se curan, y comienzan
a perder peso en forma alarmante. Conocen estos síntomas. Antes,
tomaban algunas pastillas y se iban. Pero la medicina ya no funciona. Se
enferman más y más. Comienzan con la lucha del SIDA.
Los científicos ortodoxos, si pudieran verlos allí tendidos,
dirían que el sistema inmunológico ha sido destrozado por
el VIH, permitiendo a la tuberculosis (o a la enfermedad que sea) desarrollarse
rápidamente. Los disidentes dirían que eso es imposible,
que el virus es una criatura inofensiva que sólo acompaña
la caída del sistema inmunológico causada por otros factores,
en este caso, toda una vida de hambre y exposición a enfermedades
tropicales.
No convencidos, los ortodoxos realizan una gran cantidad de estudios
en toda África que revelan que en los hospitales los pacientes VIH
positivos mueren en proporciones astronómicas en relación
con los VIH negativos. Los disidentes dicen no sorprenderse. Esto no prueba
nada, excepto que los que mueren en hospitales portan el virus.
Los ortodoxos rechinan sus dientes con rabia. Hay una sola forma de
hacérselo entender a estos rebeldes, y es demostrándoles
que el SIDA es una nueva enfermedad que ha causado un incremento masivo
en los índices de mortalidad africana, lo que es por supuesto verdad,
conforme lo que sabemos: 22 millones de africanos infectados, y 14 millones
que ya han muerto de SIDA.
Me pareció a mí que lo único que importaba eran
estos números alarmantes. Una vez que se descubrió que eran
correctos, discutir más terminaría siendo obsceno, y Thabo
Mbeki sería culpable como se dijo: un loco que permitía dejarse
llevar por una pequeña banda de herejes que fueron tildados por
todo el mundo de ridículos, lunáticos y científicos
psicópatas. Entonces me dediqué a confirmar el índice
de mortalidad. Sólo eso. Pensé que sería fácil,
una o dos llamadas, quizás una entrevista corta. Levanté
el teléfono. Ese fue mi primer error.
Un pensamiento prohibido
Hubo un tiempo en el que me imaginaba que una investigación médica
era una acción ideal, llevada a cabo por científicos interesados
sólo en la verdad. Más de cerca, descubrí que son
muy similares a cualquier otra empresa humana, lideradas por la envidia,
la ambición y el deseo de trepar posiciones. Los laboratorios y
las universidades dependen de subsidios, y el otorgamiento de subsidios
tiene que ver con la tendencia política y la moda intelectual, y
está destinado a ayudar a científicos cuyos trabajos interesan
a la imaginación popular. Cada enfermedad tiene campeones que juntan
información y proclaman la amenaza que conlleva. Los que luchan
contra
el cáncer dirán que su crisis se acentúa, y reclamarán
más dinero para investigación. Aquellos contra la malaria
dirán algo parecido, lo mismo que los que luchan contra la tuberculosis,
etcétera. Si se juntaran todos sus reclamos, resulta que habría
un índice de mortalidad que “duplicaría o triplicaría
el número de personas que muere por año”, analizó
Christopher Murray, un director de la Organización Mundial de la
Salud.
La malaria mata a alrededor de 2 millones de personas al año,
casi el mismo número que el SIDA, pero los investigadores reciben
sólo una fracción de los subsidios de aquellos que se dedican
al SIDA. Con la tuberculosis (1,7 millones de víctimas al año)
pasa lo mismo, al punto que no hubo ningún avance respecto de los
medicamentos contra la tuberculosis desde 1998. El SIDA, por el contrario,
está repleto. Emplea alrededor de 100.000 científicos, sociólogos,
asistentes, consejeros, educadores y fabricantes de condones. Hasta los
ataques del 11 de septiembre, que cambiaron de lugar las ansiedades del
mundo (y los dólares de caridad), los fondos para el SIDA crecían
diariamente cuando fundaciones, gobiernos y filántropos como Bill
Gates entraban al círculo, conmovidos por las malas noticias, generalmente
en forma de artículos que describen al SIDA como una “plaga sin
piedad” o una “catástrofe bíblica” que causa una “terrible
depredación” (como publicó el Times) entre la gente más
pobre del mundo.
Todas estas historias se originaron en África, pero las estadísticas
detrás de ellas emanan de los suburbios de Génova, donde
la Organización Mundial de la Salud tiene sus oficinas. Técnicamente
empleados por las Naciones Unidas, los funcionarios de la OMS son la policía
mundial de la salud, dedicada a erradicar enfermedades. Le declara la guerra
a viejos flagelos, enciende la alarma por los nuevos, lucha contra epidemias,
y ayuda económicamente y con experiencia a los países pobres.
Junto con la UNAIDS (el Programa de las Naciones Unidas sobre SIDA, con
base en el mismo campo de Génova), la OMS también recopila
y disemina información sobre la pandemia del SIDA.
En occidente, recopilar información es tarea sencilla. Cada nuevo
caso de SIDA es verificado científicamente y comunicado a las autoridades
de la salud gubernamentales, que informan a la policía de la enfermedad
en Génova. Pero el SIDA tiene lugar principalmente en África,
donde hay pocos hospitales, sin suficiente personal, y sin el equipamiento
de laboratorio necesario para confirmar la infección con VIH. ¿Cómo
se lucha contra una epidemia en estas condiciones? En 1985, la OMS pidió
a expertos que dieran una simple descripción del SIDA, algo que
permitiría a los médicos reconocer los síntomas y
empezar a contar los casos, pero el resultado fue un fracaso: en parte
porque los médicos luchaban por diagnosticar la enfermedad con los
ojos vendados, pero principalmente porque los gobiernos africanos estaban
demasiado desorganizados para recolectar los números y enviarlos.
Una vez que quedó claro que el sistema de información de
casos no estaba funcionando, la OMS diseñó un sistema alternativo,
en el que se basan ahora las estadísticas relacionadas con el SIDA
en África.
Es algo así: todas las mañanas, en todas partes de la
sub-sahara africana, encontrarán en las clínicas prenatales
gubernamentales colas de madres esperando un estudio de rutina que incluye
la extracción de sangre para un estudio de sífilis. De acuerdo
con el UNAIDS, “algunas de estas muestras de sangres anónimas son
examinadas para detectar VIH”. Este es un ritual que se repite por lo general
una vez al año. Los resultados se almacenan en un modelo de computadora
que utiliza “procedimientos de cálculo simples” y conocimientos
del “curso natural ya conocido de la infección” par obtener estadísticas
para el continente. En otras palabras, investigadores de SIDA seleccionan
ciertas clínicas, toman las muestras que quedaron y las estudian
para descubrir VIH. Los resultados se envían a Ginebra y se cargan
en un programa de computación llamado Epi-model. La fórmula
establece lo siguiente: si un cierto número de mujeres embarazadas
son VIH positivas, entonces se presume que un cierto porcentaje de adultos
y chicos también lo son. Y entonces, si todas esas personas están
infectadas, se calcula qué porcentaje de ellas debe haber muerto.
Por lo tanto, cuando el UNAIDS anuncia que 14 millones de africanos murieron
de SIDA, no significa que hayan contado 14 millones de cuerpos infectados.
Significa que 14 millones de personas teóricamente murieron, muchos
sin ser vistos, en pueblos y tierras de nadie de África.
Se puede teorizar a gusto acerca del resto de África y nadie
se va a enterar. Pero mi país es distinto: somos una nación
semiindustrializada con un servicio de estadísticas respetable.
“Sudáfrica”, dice Ian Timaeus, profesor del London School of Hygiene
and tropical Medicine y consultor de UNAIDS, “es el único país
de la Sub-sahara africana en el que se registran en forma rutinaria suficientes
muertes para realizar estadísticas de mortalidad”. Agrega: “falta
mucho para cubrirlas a todas, pero hay suficiente para que resulte útil”.
De acuerdo con Timaeus, se registran 8 de cada 10 muertes en Sudáfrica,
comparado con 1 a 100 en cualquier otro lugar al sur de Sahara.
Por lo tanto, me pareció que chequear el número de muertes
registradas en Sudáfrica era la forma más segura de evaluar
la estadística dada desde Ginebra. Entonces conseguí las
cifras. Los modelos de computadora de Ginebra indicaban que aquí
las muertes se habían triplicado en tres años, de 80.000
en 1996 a 250.000 en 1999. Pero ese aumento no podía discernirse
en el total registrado de muertes, que iba de 294.703 a 343.535 en casi
el mismo período. La discrepancia era tan grande que anoté
las cifras para estar seguro de que había entendido estos números
correctamente. Ambas partes me confirmaron que había entendido bien,
y en ese preciso instante, mi historia estaba en problemas. Las cifras
de Ginebra reflejaban una catástrofe. Las de Pretoria, no. Entre
estos dos extremos hay una zona gris de expertos como Stephen Kramer, gerente
de la compañía aseguradora Metropolitan’s AIDS Research Unit,
cuyo modelo de computadora muestra una cifra tres veces menor que la de
Génova. La OMS reconoce que no son cifras exactas sino sólo
estimativas; sin embargo, todos las aceptamos como la verdad.
Pero, ¿no queremos escuchar esto, no? Yo tampoco. Arruinaba la
historia, así que traté de ignorarlo. Si era verdad que tantos
africanos estaban muriendo, entonces los fabricantes de ataúdes
debían estar trabajando duro para tanta demanda. En un diario que
encontré, se hablaba de que una empresa llamada Affordable Coffins,
que comerciaba baratos ataúdes imitación madera, no daba
abasto. Pero luego se dijo esto la empresa sólo había comenzado
a funcionar hacía sólo dos meses, y dos empresas de la competencia
que habían lanzado similares productos unos años antes habían
quebrado. “La gente no estaba interesada”, dijo un tal Mr. Rob Whyte. “Querían
ataúdes hechos con madera de verdad”.
Entonces llamé a las empresas que trabajaban con madera de verdad:
tres industrias que fabricaban ataúdes en una línea de montaje
para el mercado nacional. “Está tranquilo”, me dijo Kurt Lammerding,
de GNG Pine Products. Lo mismo opinaron los de la competencia. El negocio
estaba parado.
“Es un hecho”, dice Mr. A. B. Schwegman, de B&A Coffins. “Si se
cree todo lo que dicen los diarios, uno se conmueve, pero no hay nada de
eso. Entonces, ¿qué está pasando? Dígamelo
usted”.
No pude, aunque sospechaba que tenía algo que ver con el racismo.
Desde la caída de la discriminación en 1994, comercios ilegales
comenzaron a funcionar en las ciudades negras, y no podía descartar
la posibilidad de que se estuvieran comprando los ataúdes de contrabando.
Entonces llamé a una firma cuyos dueños eran negros, Mmabatho
Coffins. Pero había quebrado. Seguí intentando con otros.
Esto se estaba poniendo muy raro. De acuerdo con la historia publicada
en el diario más leído de Sudáfrica, las muertes se
habían casi duplicado en la última década. “Esto no
es estimativo”, dijo el Sunday Times, “es un hecho”. Y si era cierto, alguien
tenía que estar haciendo negocio en el mercado de ataúdes.
Otras averiguaciones me llevaron al deteriorado centro de la ciudad
de Johannesburg, en donde un estacionamiento ha sido transformado en una
galería de carpinterías, cada una manejada por un carpintero
negro que inició el negocio mediante subsidios del gobierno. Caminé
buscando fabricantes de ataúdes, pero sólo había dos.
Eric Borman dijo que el negocio iba bien, pero él era un maestro
carpintero que hacía uno o dos ataúdes de lujo por semana
y parecía rechazar la idea de que sus clientes eran la clase de
personas que mueren de SIDA. Por eso, tendría que hablar con Penny.
Borman señaló el lugar, y allí fui, metiéndome
más y más en el laberinto. El comercio de Penny estaba cerrado
y abandonado. Vi que adentro había ataúdes sin vender hasta
el techo y un cartel que decía CERRADO.
En ese momento, un pensamiento prohibido cruzó mi mente. Quizás
suene loco para ustedes, a miles de kilómetros de aquí, pero
pónganse en mi lugar. Viven en África, en el ocaso de un
Johannesburg postcolonial, una ciudad que alguna vez estuvo habitada sólo
por blancos, pero la cual está, sin embargo, demasiado cerca a la
frontera del SIDA. Durante años, los expertos han dicho que la plaga
avanza hacia el sur del continente, cada vez más cerca de ustedes.
Al principio nada pasa, pero llega un día en el que los infectados
son cada vez más, y para el año 2000 leen en el periódico
que de cada cinco adultos que viven en sus barrios, hay uno que marcha
hacia una muerte segura.
Esto tiene que ser cierto, porque lo dicen los expertos. Entonces comienzan
a buscar evidencias. Laston, el jardinero de la calle 10, está sospechosamente
flaco y parece no curarse nunca de la tos. En la otra punta de la cancha
de golf, Mrs. Smith ha enterrado recientemente a su estimado mayordomo.
La empleada de Mr. Beresford también ha muerto. Su primo Lenny conoce
a alguien que tiene una fábrica donde están muriendo todos
los operarios. Los periódicos predicen que la economía caerá.
Y los colegios cerrarán porque están muriendo todos los maestros.
Pero entonces ven que el negocio de Penny no abrió y piensan:
“¡Dios mío!, algo extraño está pasando aquí”.
¿Es todo esto posible? Bueno, yo creo que el SIDA existe y que
está matando a los africanos. Pero, ¿tanto como dicen los
expertos? Difícil de saber. En mi barrio, se lo aseguro, la gente
está tan susceptible con toda la propaganda de muerte, que cada
vez que una persona se enferma gravemente o muere creen que fue de
SIDA, especialmente si era pobre y negro. Pero no estamos seguros, ni siquiera
lo están los que padecen, porque casi ninguno ha sido tratado. ¿Para
qué?, se pregunta Laston, el jardinero. Sabe que no existe cura
para el SIDA, ni esperanzas de obtener la medicación necesaria.
El invierno pasado tuvo un resfrío; todos decían que era
SIDA. Pero no era. En el verano se mejoró. Y Stanley, el albañil,
se convirtió en “el caso” del barrio. Él dijo tener un problema
coronario, pero a sus espaldas todos murmuraban: “¡Oh, Dios mío!,
es SIDA”. Pero, ¿lo era en realidad? No teníamos ni idea.
Estábamos dejándonos llevar por la histeria.
Nadie quería escuchar esto.
Mis amigos, preocupados, me dejaron artículos de periódicos
en el buzón: CEMENTERIO COLMADO. HOSPITAL DESBORDADO. CÁRCEL
LLENA,...